LA BIPOLAR

Vengo en caída libre… otra vez.   Es un viaje largo y con destino incierto.
El aire frío inicial va desapareciendo y sobre mi cuerpo choca el viento.   Parece como si flotara.   Mi figura se tambalea con la brisa, bailando y dejando al azar mi irremediable destino.   Unos instantes después, mi silueta refleja un mezclado color de verdes y cafés que, conforme voy acercándome, crece hasta que aterrizo finalmente sobre la alta copa de un árbol.
Siempre la caída me genera más ansiedad que el golpe: El suspenso de no saber dónde iré a parar esta vez, de cómo será la tarea y el camino que tendré que dar por los recovecos de la naturaleza.
Aunque otra vez es un árbol, sé que en cada viaje nunca será el mismo, porque, como una regla de la naturaleza, al igual que con el rayo, una gota de lluvia nunca caerá exactamente en el mismo lugar.   Ese fue nuestro deseo desde que todo en esta tierra comenzó.   Nuestro viaje será interminable e infatigable, pero no aburrido, porque nunca será el mismo viaje.
Comienzo entonces, lentamente, a bajar entre las hojas, de una en una, como un vals; en ocasiones con rapidez por ramas y el tronco, en otras me sostengo unos instantes en las irregularidades de la corteza… pero sólo por un rato.   En mi camino voy dejando una pequeña parte de mí.   Una que me ayuda a reconocer lo que siento sobre las superfieces que voy tocando, sus asperezas, sus olores y en ocasiones más de algún ser vivo que osa interrumpir mi camino.
Los conozco a todos ellos: a los grandes y a los diminutos.   En general no tengo una actitud soberbia sobre este grupo, pero en ocasiones, como ahora, arrastro un mal humor.   No sé a qué se deba, si acaso es el polvo de los humos que acarreo en mi camino o más de alguna estática que transporto desde la tormenta que me vio nacer.
Espero, reflexiono y me relajo mientras el viento me mece sobre un pétalo. Después de muchos viajes, la naturaleza también suele premiarnos y podemos ver cómo nace una gota en la tierra.   Como hoy.
Luego de golpear a un oscuro escarabajo, una pequeña gota se desprendió de mí.   Viajó conmigo en paralelo unos momentos hasta que la irregularidad de la superficie nos separó.   Nos miramos un instante y el adiós es un hasta luego.   Hasta que nos volvamos a encontrar.
En la caída lavo cada una de las hojas retirando el polvo y basuras que le impiden respirar.   Finalmente caigo a la tierra, esperando como suave y lentamente nos vamos desapareciendo de la luz que tan cerca tuvimos al nacer.
El camino en la oscuridad del suelo no es menos interesante.   Acá  dialogamos con minerales y nutrientes.   Es un murmullo suave, que aumenta el tono de su voz cuando nos acercamos a ellos.   Se aceleran y deshacen las moléculas al tocarnos.   Se produce una mezcla de líquidos y sólidos que ingresa nuevamente a este árbol que me vio caer.   Ya dentro, el ruido parece un canto.   Todo vibra y se mueve rítmicamente como en un latido, mientras el lento movimiento de su savia me transporta.
Tengo recuerdos de otros viajes, como un deja vù de mis otros momentos vividos: El tránsito por los flujos sanguíneos de los seres que se mueven, el vaivén constante de un mar o un lago, la eterna espera en algún fruto escondido en algún bosque o la estancia en los espesos y oscuros deshechos de un lugar olvidado.   Ahí he estado.   En todos y en cada uno de esos lugares.   Fui necesaria y útil.   En cada uno de ellos fui parte de algo más grande.
Termino por detenerme en una hoja.   Hoy me ha tocado quedarme en ella.   Me disgrego y desaparezco como gota, pero mi conciencia sigue ahí.   Me ocupo de transitar y mover cada uno de los engranajes de este tejido, los que le dan vida a esta gran estructura y a todo lo que le rodea.   Días más tarde un ave come de la hoja donde estoy.   Me interno en este tibio cuerpo recorriendo cada uno de sus órganos y antes de pensar en salir de él, otro ser vivo más grande lo devora y debo repetir un tránsito similar, pero por un universo aún más grande.   Me muevo con fuerza y rapidez por sus fluidos, para, finalmente, recuperar mi forma y terminar en sus desechos, lejos del lugar donde todo comenzó.
El gato salvaje se da la vuelta y se aleja sin la menor conciencia de todo el trabajo que he hecho para él.   Una profunda rabia se acrecienta en mí.   ¿¡Qué se han creído estos seres orgánicos!?   ¡Limitados y frágiles!   Su vida acá es un grano de arena comparado con el tiempo que llevamos viajando.   Somos un flujo continuo e inmenso que da vida.   ¿¡Qué harían ellos sin nosotros!?   Me muevo entre la superficie de la tierra mientras pienso que, en realidad, ellos nada saben de todo esto.   Me relajo y recuerdo.   ¡Ya estoy irritable otra vez!
Me quedo quieta un instante, aunque en mi cuerpo se mueven sincronizadamente mis moléculas, ya exhaustas con tanto viaje.   Intento descansar y el vibrar se torna suave, como una caricia.   Es la señal que el trabajo ya ha terminado.   Contemplo brevemente lo hecho en todo este ciclo y sonrío.   La vibración aumenta y veo como mi cuerpo se separa otra vez, desapareciendo a la vista de cualquier mirada inexperta.
Me elevo lentamente en un sueño reparador, elongando mis moléculas para finalmente volar.   Subir y subir hasta encontrarme con mis hermanas otra vez. Todas envueltas en un trance de lento movimiento con la luz sobre nosotros y en un vagar por el mundo sin saber en qué nuevo camino me volveré a mover.
Pasa el tiempo.   Mis partes se acercan otra vez y, como lo hacen también los seres orgánicos, vivo una especie de parto.   Mi cuerpo de niebla va tomando forma para, finalmente, crear la gota que tantos viajes ha hecho.

Nuevamente me dejo caer, por mi propio peso, hacia la tarea que, aunque extenuante y larga, siempre es satisfactoria para lo que crece en mi interior.

El cuento original se llama "Solo una simple gota".

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